
Cuando lanzamos un producto al mercado, nuestro objetivo inicial es estimular la demanda. Para ello, podemos aspirar (por ejemplo) a que nos compre la mayor cantidad de personas posibles. Llega un momento donde alcanzar este objetivo se convierte en tarea imposible y empezamos a estimular la cantidad comprada por ocasión (los jabones y los papeles higiénicos son un excelente ejemplo). Luego empezamos a trabajar la frecuencia (¿cuántas veces por día hay que lavarse los dientes?) hasta que finalmente podemos administrar nuestra política de precios, sí hemos desarrollado una marca potente. También encontramos en los manuales de marketing el item “nuevos usos”. Las funcionalidades del producto ya no abarcan sólo el criterio inicial, sino que expanden sus fronteras. Recordamos los casos de Aspirina, que originalmente se usaba para calmar dolores de cabeza. Un caso reciente y bien conocido es el de CIF, la marca de Unilever, que ya no sólo sirve como limpiador de cocinas sino también de cualquier superficie donde el color blanco reine (zapatos, sillas, etc). El teléfono que reciclé del año 1999, agradecido.
Los artículos electrónicos pelean año a año por quién subirá al trono de las preferencias de consumo. Por muy distintas razones, siempre hay algún artículo que ocupa el trono y que colman las ventas de las casas de electrodomésticos. En su momento fue el clásico videograbador o VHS, también los celulares supieron alcanzar las mieles de dicho sitial.